Thursday, June 24, 2010

El peso de la conciencia

Crítica del libro Las manos de Velázquez, de Lourdes Ortiz

Hombre maduro, profesor de universidad, con éxito laboral y aún cierto atractivo, deja a su mujer y a sus hijos por una alumna brillante, guapa, con ganas de vivir la vida, para más tarde caer en un mar de celos e inseguridades. Éste es Teodoro, el protagonista de Las manos de Velázquez, la novela de Lourdes Ortiz.
El protagonista se descubre a sí mismo a través de su reflexión sobre Velázquez. El libro, ya desde el título y las primeras páginas, se plantea como un diálogo entre el siglo XVII y la vida actual, entre Velázquez y Teodoro, entre la investigación y la construcción de las emociones. La investigación erudita y las vivencias personales se entrecruzan y se reflejan, como si de un juego de espejos se tratase.
Sin embargo este planteamiento no llega a calar en la novela. Lo que parecía un diálogo se convierte pronto en un monólogo, en el que Teodoro se repliega y pasa de estudiar a Velázquez a estudiarse a sí mismo. Regresa a su tesis casi como anécdota, la autora no mantiene la dualidad temporal y simbólica a lo largo de la obra. Sólo al final la investigación vuelve a ser pertinente para la trama y ahí es cuando se desvela el misterio del título. Es por tanto una novela bien pensada en cuanto a su construcción, con un principio y un final que logran esta dialéctica entre la materia de estudio y las emociones, pero cuyo desarrollo se pierde en recovecos de psicología naif.
El único personaje del que merece la pena hablar es el propio Teodoro. Las mujeres importantes del libro y de su vida: su mujer Mónica, su exmujer Luisa, su hija y su amante, son figuras estereotipadas (la mujer coqueta y ambiciosa que se come el mundo, la madre abnegada, la hija crítica pero que en el fondo adora a su padre y la madura atractiva, liberada sexualmente y, cómo no, italiana). Puros satélites que le sirven de excusa al protagonista para desarrollar sus propios juegos mentales y sus paranoias. Los otros hombres son satélites de los satélites, con la función de dar dar celos al protagonista pero sin entidad propia.
La conciencia de Teodoro, como la conciencia de Zeno, es una conciencia enemiga, que pone trabas al discurrir natural de los acontecimientos y precipita errores y desastres. Toda la novela se desarrolla en este espacio interior en el que un narrador omnisciente se mete dentro de la conciencia del protagonista para hacer que éste se contemple a sí mismo. La voz de Teodoro la escuchamos a través del estilo indirecto libre o de la segunda persona. Esta segunda persona es problemática, pues unas veces es el propio Teodoro el que se dirige a sí mismo y otras es la voz del narrador la que lo hace, como si lo estuviera juzgando desde un “más allá” moral. No le faltan ambiciones a la novela, pero no estamos ante una corriente de conciencia fragmentaria y desordenada ni ante una apuesta narrativa que arriesgue su significación para alcanzar un sentido más profundo, sino ante una narración lineal con ciertos juegos en el tiempo y en las voces que no llegan a romper su estructura clásica.
El dibujo de Teodoro logra mantenerse en un terreno ambiguo, difícil de clasificar, verosímil y redondo. Teodoro es, en el fondo, un tipo corriente. No es un héroe y tampoco llega a ser un estereotipo. Sufre pequeñas transformaciones a lo largo de la obra y actúa como el único antagonista digno de sí mismo.
Éste es el mayor logro de la novela, un personaje gris, cuya ambivalencia lo acerca a la experiencia vital del lector. Un logro mayor que las referencias mitológicas a veces traídas por los pelos y otras veces demasiado obvias o la dialéctica entre investigación y vida.
La cárcel en la que se encierra Teodoro no está hecha sólo de celos y anhelos, de frustraciones e inseguridades. El verdadero material de esta cárcel es el tiempo. Teodoro vive siempre en el pasado, no vive sino que reelabora, busca en la historia del arte y no en el presente las claves que le permitan entenderse a sí mismo y recuerda e interpreta. El exceso de interpretación es lo que le condena, porque la interpretación siempre es posterior a la vida. Al final parece que la interpretación también puede salvarle, puede devolverle la paz, pero esta paz es precipitada e inestable.
Lourdes Ortiz no ha logrado una novela rompedora ni una gran profundidad en la representación de la conciencia humana, pero sí que ha conseguido dar vida a un ser humano gris, cuyas debilidades son fácilmente reconocibles y cuyas justificaciones resultan convincentes y abrumadoras. La conciencia de Teodoro pesa demasiado, no deja espacio para un diálogo entre el presente y el pasado, ni tampoco permite que el personaje crezca o se enfrente con los otros. Si el lector aborda esta novela desde una perspectiva irónica, si le añade un poco de humor a la conciencia de Teodoro, si no se lo toma demasiado en serio ni se deja convencer por los argumentos, si intenta ver al personaje más allá de su conciencia, entonces la novela se volverá una buena compañía.

Thursday, April 15, 2010

Mirada crítica

Voy a ahorraros tiempo y disgustos. Mirar algo con una mirada crítica no significa pensar a cada instante si te gusta o no te gusta y por qué te gusta o por qué no te gusta. Significa mirar no sólo lo que hay sino cómo está hecho, fijar la vista en la composición, en la forma, en el entramado.

Monday, March 08, 2010

Pasados

Todo tiempo pasado fue (y es) interior.

Friday, February 26, 2010

Números

Dice García Berrio que no es lo mismo escribir dos libros de cuatrocientas páginas que uno de ochocientas. Yo digo que tampoco es lo mismo leer dos libros de cuatrocientas páginas que uno de ochocientas páginas. Ni siquiera es lo mismo leer dos libros de cuatrocientas páginas que cuatro de doscientas.

No te olvides, querido súbdito, de los libros de ochocientas páginas. No te olvides de escribirlos, de leerlos, de pensarlos. 

Tuesday, February 09, 2010

Así son los monstruos. Donde viven los monstruos.

Fui a ver la película de Jonze con una niña de 12 años. Este dato es importante, pues todas las películas para niños deberían ser vistas por niños, así que cuando te acercas a ellas es conveniente rejuvenecer de pronto o, cuanto menos, tener una niña cerca que te recuerde que hay algo dentro de ti que sigue creyendo en brujas y hadas, que sigue esperando magia de la vida y que le sigue teniendo miedo a los monstruos.
Los monstruos han perdido gran parte de su sentido. Los monstruos ya no dan miedo. Los monstruos son vencidos por el bien, el lobo es derrotado siempre y los seres perversos están frente a ti, en el otro lado, como enemigo a batir, como la amenaza exterior. El monstruo está fuera de casa, y se tiene que untar la patita de harina y aclarar su voz con huevos para que lo dejes entrar. No vas a buscar a los monstruos, sino que son ellos quienes vienen a buscarte a ti y no te queda más remedio que huir, esconderte o rezar para que alguien venga a salvarte.
Sin embargo, ¿qué ocurre cuando los monstruos están dentro? ¿qué sucede si el monstruo eres tú? Max es un niño travieso, que hace trastadas para llamar la atención de su hermana y su madre, ambas con tareas más importantes ⎯en principio⎯ que hacer que atenderlo a él. La película empieza con el refugio que Max construye en la nieve. No será el último refugio que construya, parece como si su misión en este mundo fuera construir refugios, como si necesitara esos refugios para poder crecer y sobrevivir. El niño construye primero un refugio para sí mismo, un refugio frágil y sencillo, un refugio de nieve que será aplastado sin piedad por uno de los amiguitos de su hermana. Max también resulta herido. El refugio no ha cumplido su función.

En la isla de los monstruos todos ellos construirán el segundo refugio, un refugio grande y hermoso, que servirá para unirlos a todos y para hacer que Max cumpla sus sueños. Ya no está jugando a construir, está construyendo de verdad. Sin embargo este refugio tampoco funciona, tampoco se puede sentir seguro en él, porque ya no se fía de sus amigos, así que quiere construir un tercer refugio, una habitación secreta dentro de la enorme fortaleza. Éste será el principio del fin, el punto de inflexión que lo conducirá al destierro. Los que se sienten seguros no necesitan refugio alguno. Los fuertes se bastan a sí mismos para defenderse. La obsesión de Max por construir refugios responde a su indefensión, a su debilidad, a la necesidad de sentir que está en un lugar seguro, lo mismo que la obsesión de Carol por construir un mundo perfecto en miniatura responde a su incapacidad para convivir en un mundo de verdad.
No existe tal lugar seguro. En todos ellos hay alguna amenaza. El mundo de los monstruos no sirve para escapar a la realidad de la vida, y la vida no es una casa idílica y perfecta, sino un lugar gris, donde cada persona tiene sus propios problemas y lucha por hacerse un sitio.
En el libro de Sendak, Max escapa de su casa gracias al sueño. Sube a su cuarto, se duerme y, cuando despierta, el mundo de los monstruos, de lo salvaje, ha desaparecido. La película es mucho más sutil, mucho menos compasiva. El niño, en lugar de dormirse, se escapa. A la isla de los monstruos se llega en barco, Max atraviesa un océano que le sirve de rito iniciático a la verdad de sí mismo. Cuando termina su aventura vuelve por donde ha venido, vuelve a atravesar el agua. La isla de lo salvaje no se esfuma, sino que permanece. Pase lo que pase, los monstruos seguirán ahí y, podemos intuírlo, su existencia no va a ser del todo feliz.
La niña de 12 años que estaba a mi lado en el cine (pongamos que se llama Lucía) protestó. Me dijo "en el libro no es así. En el libro se duerme". Le intenté explicar en un susurro que el sueño y el océano cumplían la misma función narrativa, que en esencia eran lo mismo, pero no pareció muy conforme. Puede que, después de todo, la película no fuera tan para niños como parecía, o puede que fuera para niños, pero no tuviera ningún escrúpulo hacia ellos, no permitiera ninguna concesión, no les dejara pensar que no pasaba nada, que todo era un sueño.
Los dos mundos contrastan pavorosamente, el mundo realista de la casa, descarnado y gris, y el mundo de esos "peluches gigantes" que son los monstruos. La luz que predomina este último es una luz oblicua, como de atardecer perpetuo, como de lugar a punto de sumirse en las tinieblas.

Y es que los monstruos son monstruos. Los monstruos son seres malvados y egoístas que son crueles casi sin querer. Los monstruos no son el buenazo de Shrek, no son marginados de la sociedad. Los monstruos hacen daño, no saben convivir, no miden las consecuencias de sus actos. Son, en cierta medida, como niños. Niños gigantes y caprichosos, con mucha fuerza, con ganas de ser felices y estar unidos, pero sin las capacidades necesarias para llevarlo a cabo.
Las utopías nunca llegan a c umplirse, el niño que quería ser astronauta acaba de auxiliar administrativo y la niña que quería ser princesa termina de ama de casa. Lo deseos de los niños son grandes y bonitos, como la preciosa maqueta que Carol tiene dentro de las montañas. Lo malo es que en la vida los juegos son peligrosos, los juegos pueden llegar a crear enemistades y problemas.
Los monstruos de Jonze son más monstruos que nunca. Son exactamente lo que una espera de un monstruo, y por eso la película no resulta fácil de ver. La sombra de la catástrofe planea sobre el mundo de juegos y diversión y el fracaso se cierne sobre los sueños. La maqueta quedará destruida, el rey de pacotilla tendrá que renunciar a su trono y aceptar que ese mundo le queda grande.
Una vez terminada la película le pregunté a Lucía ¿te gustó? Ella me contestó: "sí, mucho, pero no es pa niños". Lucía tiene razón, al final resulta que no es una película para niños, no es una película de Disney o, si me apuras, no es Avatar. Sin embargo es una película que gusta a los niños, porque les habla de sus monstruos, de los seres que habitan su mundo, de sus deseos de construir refugios, de sus grandes sueños, de sus miedos. Es una película que gusta a los niños porque no es melosa, pero sí es bonita, porque no conozco a nadie (tenga la edad que tenga) a quien no le gustaría abrazar a Judith o a KW, a quien no le gustaría meter la cabeza por el hueco de la maqueta que Carol tenía entre las montañas y sentirse enorme en un universo diminuto.
Acéptalo, vives en un mundo cruel, en un mundo en el que te vas a sentir solo y desprotegido, en un mundo en el que para sobrevivir tendrás que pensar en los demás y no ser egoísta. Donde viven los monstruos no es una película para adultos, pero gusta a los adultos porque hay una parte en cada uno de los seres humanos que sigue buscando refugio, que reclama atención, que todavía no ha entendido del todo lo que es un monstruo. Dentro de su crueldad, es una película que respeta a los niños, pues entiende que ellos admiten el mal mucho más que muchas personas mayores, y también respeta a los adultos, pues les concede convivir con sus monstruos, y admitir que hacerse mayor no tiene por qué significar siempre superar todos los miedos, ni tampoco cumplir todos los sueños. Coloquémosla entonces en la estantería junto a Alicia, El principito, El mago de Oz, Desperaux, y ese puñado de historias que nos acompañan toda la vida, que nos hacen crecer siempre y dan voz a nuestros miedos. Los niños tendrán que armarse de toda la madurez que les ha dado el mundo complejo de la modernidad, los adultos tendremos que admitir que no somos tan maduros como queremos creer.

No soy árabe. El señor Ibrahim y las flores del Corán.

Una va al teatro con una idea más o menos preconcebida de cómo tienen que ser las cosas. Una entra en las relaciones, en los estudios, en el trabajo, en la vida en general, también razonablemente segura de cómo ha de comportarse y de las consecuencias que su comportamiento tendrá. Al fin y al cabo a una la han educado para todo eso, para que funcione según un papel concreto dentro de una sociedad.
Sin embargo la vida te sorprende, las historias no son como las esperabas y en el teatro --que es, de todas las artes la más cercana que hay a la vida-- también te da, en ocasiones, lo que no esperabas. También es capaz de sorprenderte.
Una puesta en escena sencilla y eficaz, un hombre maduro (en todos los sentidos de la palabra) y un niño que está dejando de serlo. Un tiempo narrativo que avanza en los silencios y se detiene en las palabras. Pero, lo más sorprendente de todo, la razón por la que El Señor Ibrahim tiene esa capacidad de influir en tu vida, es la relación que se establece entre la obra y su público.
No hay una cuarta pared, pues el público participa a veces de la acción y los actores exigen y logran su complicidad, pero tampoco lo dejan meterse de lleno en esa tienda humilde de una calle cualquiera de París. La comunicación entre Juan Margallo y Ricardo Gómez va más allá de lo que el público puede entender. Así que no tienes más remedio que quedarte a medio camino, entre la superioridad del que observa y la empatía del que participa.
Supongo que ése es el espacio de la magia, de lo sólo comprensible a medias, y también es el espacio del presente, de lo que se vive para vivirlo pero también para recordarlo después. Es diferente contar una historia y vivir una historia, pero el teatro puede --y esta obra lo hace— elegir ambas al mismo tiempo.
Ibrahim educa a Momó, y es una educación para enseñarle por un lado las reglas tácitas de la sociedad y por otro para saber romper también esas reglas. Es todo un viaje iniciático en el que se tendrán que abandonar primero todos los prejuicios para poder afrontar la vida en su plenitud. El maestro elige al discípulo y el discípulo acepta al maestro y también es como si la obra eligiera a su público y el público tuviera que aceptar estar ahí, junto a ellos, participando de ese pedazo de sus vidas.
Juan también educa a Ricardo, porque en El señor Ibrahim ocurre que personajes y actores siguen un proceso paralelo, que a veces se confunde y otras se opone. Los personajes se cuentan mentiras, los actores son cómplices de una verdad más grande, que se contiene en gestos y amor por los pequeños detalles. Un hombre ha de cuidar sus zapatos, pues en ellos pasa la mitad de su vida. Una persona tiene que cuidar las cosas básicas, los detalles sobre los que se asienta el resto de la existencia. El señor Ibrahim es una de esas obras que te hablan, con extrema humildad, de todo lo importante de esta vida y que va más allá de nacionalismos o posturas religiosas. “No soy árabe” dice Ibrahim al principio de la obra, y al final ya no es nada, ya ha transcendido todas las etiquetas y ha forzado al público a transcender sus prejuicios.
Juan Margallo maneja el escenario como si del salón de su casa se tratase, con una comodidad de sillón y zapatillas. Ricardo Gómez tarda un poco más, pero cuando lo hace ilumina la sala entera con un baile derviche lleno de la intensidad que sólo puede transmitir quien, siendo plenamente consciente de sus actos, elige abandonar esa conciencia y dejar que los actos enciendan solos la llama de la vida. El baile del derviche es una acción cargada de sentido, pero no es un sentido racional y deliberado, sino más bien una aceptación del desequilibrio, de la inconsciencia, del abandono. Es un baile poderoso que significa, paradójicamente, la fragilidad. Es un baile sufí que significa, paradójicamente, la dimensión universal de los actos humanos.
El señor Ibrahim no sólo educa para afrontar la vida, sino también para afrontar la muerte. Ambas, vida y muerte, forman parte de lo apasionante de la existencia. Aprender a vivir es también aprender a morir y, si bien Momó no tendría la misma vida sin Ibrahim, tampoco Ibrahim tendría la misma muerte sin Momó. En un viaje iniciático como éste el papel de maestro y discípulo se llegan a difuminar, y la verdadera enseñanza está en el proceso mismo, en que cada uno se invente cómo ha de ser su vida y pueda sentir que la abandona porque ya le queda pequeña.
Así que después de haber reído, haber llorado, haber convivido con Momó e Ibrahim, haber compartido alguno de sus momentos más íntimos y haberte alejado de otros que resulta imposible compartir (porque saber renunciar también es importante), sales de esa sala un poco más sabia, un poco más educada, un poco más cerca del sabor, el olor y el tacto de la vida. Pero, sobre todo, sales dispuesta a dejarte sorprender por el presente, a medir la diferencia entre las historias y la vida, entre las palabras y los actos, entre el conocimiento y la existencia.

Looking for reality. Realidad, de Tom Stoppard.

La ironía sólo es hipocresía con estilo.
Looking for Richard
El ansia por vivir la vida real, por que cada movimiento sea un movimiento auténtico, porque el amor sea el amor verdadero; la escritura, la escritura del alma; el teatro, el teatro de la vida.
Stoppard propone un juego que, como todo juego que se parece peligrosamente a la vida, no deja de ser un juego cruel. Un escritor lleno de ironía y sarcasmo hacia una vida que no llega a ser del todo suya, unas mujeres que reclaman salirse de los clichés en que las sitúan los autores de las obras, un completo y circular juego de parejas. Realidad es una comedia de salón, pero es mucho más que eso. Tal vez su capacidad de transcender su propia forma se deba a la sinceridad de sus planteamientos, a la necesidad del autor de colocarse a sí mismo delante del público, a su necesidad de ser juzgado.
Las dosis de autocrítica dentro de esta obra son insólitas, al menos dentro del teatro actual. El autor es un hombre dividido entre sus gustos chavacanos y su maestría con las palabras, un hombre que se defiende de la vida con estas mismas palabras, pero que a la vez demuestra su fragilidad y su cobardía. La obra se convierte en toda una búsqueda de un instante auténtico, de un momento en el que el teatro se pueda confundir con la vida real.
Sin embargo este momento no termina de llegar, he aquí de donde nace la angustia que amarga la comedia entera. El escenario está terriblemente lejos del público, los personajes están terriblemente lejos de sí mismos. Cada uno intenta interpretar su papel en la vida, pero no deja de ser eso: interpretar. Si hay algo que reprocharle a los actores es que a veces crean que están viviendo una escena real, un momento de vida, un instante verídico. Si hay algo que reprocharle a los actores es que se crean lo que están interpretando, aunque es cierto que no creérselo, que asumir que la ironía va más allá de las frases ingeniosas de Henry, resultaría difícil de representar, y aún más difícil de ver. Los actores entran en el juego de Stoppard, pero sin dejar de ser magnánimos consigo mismos, sin dejar de pensar que lo que ocurre en el escenario es lo que ocurre en la vida.
El puzle que forman los cojines en el escenario es también el puzle de cada uno, que arma y desarma, hace y deshace con la esperanza de que al final todo encaje, de que todo siga en el fondo un patrón de sentido, una finalidad última. La sobriedad de esos muebles que se construyen y se desvanecen ante los ojos del espectador se ve enturbiada, sin embargo, por unas imágenes proyectadas detrás del escenario, imágenes que pocas veces son algo más que decorativas. La pantalla, la imagen de la realidad por excelencia, lo que hace es duplicar las palabras, introducir el único elemento de naturaleza que hay en esta obra del todo artificial o completar el decorado de las habitaciones.
Cada uno de los personajes está a solas consigo mismo, y en pocas ocasiones llega a un momento de comunicación con el resto. Cada uno está quieto en su sitio, haciendo sus movimientos, ejecutando su papel. Los reproches que se lanzan unos a otros los obligan a justificarse una y otra vez, a vivir las escenas como si de un juicio constante se tratara.
Las historias que se cruzan, la obra fallida de un soldado que pasa por contestatario y las obras de teatro dentro de la obra de teatro, también contribuyen a este aislamiento, a esta sociedad que condena a cada uno de sus miembros a una soledad infranqueable, a una incomunicación hecha de palabras que ya no significan nada. La vida es un presente confuso, en el que cada uno es consciente de la imagen que quiere proyectar de sí mismo.
Lo malo de buscar la realidad es que se parte de su negación, y casi de su imposibilidad. Las reflexiones metateatrales, aunque se trate el tema de la realidad, están más cerca del arte (en el sentido de artificio) que de la vida. La ironía aleja del mundo. La ironía protege del mundo. La ironía no es más que hipocresía con estilo, y estamos ante una obra deliberadamente hipócrita, donde la hipocresía es la distancia que nos separa de la realidad.
En el teatro hay tiempo suficiente para responder la frase más ingenioso, pero también es decisión del teatro hacer uso de ese tiempo o de esa frase, separarse de la dificultad de la vida. Esta obra está deliberadamente lejos y es deliberadamente artificial, justo para mostrar lo lejos que está la vida actual de las pasiones, y lo lejos que está la palabra de su significado. Muestra un mundo de mentiras, porque la mentira forma parte de nuestro día a día, porque nos hemos acostumbrado a convivir con lo falso, de tal manera que ya cuesta mucho distinguirlo de lo verdadero.
En un mundo de realidades virtuales, representaciones, fotografías, pantallas, injusticias intrínsecas y sociedad de consumo moralmente discutible, la realidad del espectador no es demasiado verdadera. El espectador es adicto ya a una forma de vida irreal, pero es necesario, al menos, que sea consciente de esta irrealidad de la vida. Realidad no es la realidad, sino su doble artificial, este complejo mundo que nos hemos montados para seguir siendo inocentes.
Stoppard le dice al espectador: ¿verdad que te sientes identificado? ¿verdad que tu vida es así? pues déjame que te diga algo. La vida no es así, esto es pura patraña, pura comedia. Tu realidad es totalmente falsa. Ahora, vive con eso.

Monday, November 16, 2009

La otra orilla

Progreso. El Dios Progreso. El intocable Dios Progreso. Desde que Kant explicó cómo teníamos que salir de la minoría de edad hemos tratado de caminar siempre hacia adelante, siempre más arriba, más altos, más cómodos, con muchas más cosas a nuestro alrededor. Si hemos llegado a nuestra mayoría de edad ha sido a costa de cargarnos de información, de objetos, de aspiraciones para ser mejores que los demás, o más ricos, o más llenos de experiencias, como quien acumula fotos de lugares exóticos en los pesados álbumes de la estantería de su salón.

Sí. Somos mayores. Muy mayores. Dentro de nosotros tenemos toda esa información, esos objetos, esas experiencias, esa cantidad ingente de fotografías. Todo nuestro interior es un inmenso gran laberinto que nos esconde a cada uno dentro de sí mismo. Somos tan mayores que nos hemos vuelto incomprensibles. No sabemos, no queremos saber lo que motiva en el fondo cada una de las acciones humanas.

Borges lo dijo, que la creatividad era un laberinto en donde lo difícil de encontrar no era la salida, sino la entrada. Pues bien ¿cómo nosotros, adultos, mayores de edad, podríamos encontrar esa entrada? La solución es tan fácil que nos da miedo mirarla cara a cara, pues nos exigiría la renuncia, el abandono, el dejar atrás todo lo que creemos ser, todo lo que el mundo ha esperado de nosotros y volver a recuperar la infancia. La infancia no como inocencia, pues ya es imposible que seamos inocentes, pero sí la infancia como forma de estar en el mundo y dejarnos sorprender por él a cada instante.

No es necesario cargarse de más aprendizajes, sino recuperar el valor para no ser nada y entonces tener la posibilidad de serlo todo, de darle un nuevo nombre al mundo, de atravesar las aguas de la imaginación para alcanzar la otra orilla. ¿Y qué hay en La Otra Orilla? Todo lo que día a día negamos como parte de nosotros, lo que vemos de lejos, lo que despreciamos, lo que nos resulta extraño y ajeno. Cuando emprendemos este viaje sin retorno nos damos cuenta de que lo extraño forma parte de lo propio, nos hacemos conscientes de que no existe un abismo entre la realidad y el deseo, sino que son nuestros deseos los que transforman, los que nombran la realidad.

Tendremos que adquirir la limpieza, la flexibilidad de una hoja de papel, una simple hoja de papel que se podrá convertir, con unos sencillos pliegues, en casi cualquier cosa. En una hoja de papel ya existen todos los deseos, todas las formas, todos los universos. Así lanzaremos nuestros deseos como pajaritas, como palomas que extienden sus alas y después ya poco podremos hacer, porque los deseos tienen vida propia, porque en cuanto toquen el suelo se transformarán ellos también en otra cosa, porque adoptarán distintas formas, olvidarán sus pliegues como nosotros hemos tenido que olvidar todo lo aprendido y llegarán ellas también a la otra orilla, esta vez como barcos, que flotan y se adaptan a las caprichosas razones del agua.

Sólo podremos entendernos si nos olvidamos. Sólo podremos vivir si dejamos que muera todo lo superfluo. Sólo podremos ganar si abandonamos. Sólo podremos crecer si somos niños siempre.

Saturday, November 07, 2009

Niños

Una gran ley: DEJA HABLAR AL NIÑO

"Desearía dejar hablar al niño, retroceder sin llegar a interferir, pero en vez de eso lo exploto, le robo, le vacío los bolsillos, sus notas, sus dibujos, para mostrar a los adultos qué promesas cumplió y cómo incluso sus defectos fueron virtuden en estado embrionario. Convertí mi robo en una atractiva señal de tráfico, casi en toda una autopista Y por ello escribí otro libro, como si no hubiera sabido desde el principio, como si no hubiera sospechado que difícilmente hubiera podido ser de otra manera; que todos los intentos de componer los recuerdos según un estricto protocolo y sin comentarios son una mera ilusión. Comenté, interpreté, hablé demasiado. Y hablé de secretos y juguetes que no eran míos --pues ya no tenía secretos ni juguetes--, y cavé una tumba para ese jovencito... y lo enterré. Una tumba meticulosa, precisa, como si hubiera escrito sobre alguien inventado, alguien que nunca vivió, cuya voluntad y designios podrían labrarse según las leyes de la estética. No jugué limpio. A un niño no se le trata así."

Stanislaw Lem

Wednesday, November 04, 2009

Desmitificaciones

Desmitifica al autor que más te plazca.

“Es curioso el caso de Sabato: ha escrito poco, pero ese poco es tan vulgar que nos abruma como una obra copiosa"

Bioy Casares

Wednesday, October 21, 2009

La convergencia de los dos

The Convergence of the Twain

Thomas Hardy (1912)



(Lines on the loss of the "Titanic")

I

In a solitude of the sea
Deep from human vanity,
And the Pride of Life that planned her, stilly couches she.

II

Steel chambers, late the pyres
Of her salamandrine fires,
Cold currents thrid, and turn to rhythmic tidal lyres.

III

Over the mirrors meant
To glass the opulent
The sea-worm crawls -- grotesque, slimed, dumb, indifferent.

IV

Jewels in joy designed
To ravish the sensuous mind
Lie lightless, all their sparkles bleared and black and blind.

V

Dim moon-eyed fishes near
Gaze at the gilded gear
And query: "What does this vaingloriousness down here?". . .

VI

Well: while was fashioning
This creature of cleaving wing,
The Immanent Will that stirs and urges everything

VII

Prepared a sinister mate
For her -- so gaily great --
A Shape of Ice, for the time fat and dissociate.

VIII

And as the smart ship grew
In stature, grace, and hue
In shadowy silent distance grew the Iceberg too.

IX

Alien they seemed to be:
No mortal eye could see
The intimate welding of their later history.

X

Or sign that they were bent
By paths coincident
On being anon twin halves of one August event,

XI

Till the Spinner of the Years
Said "Now!" And each one hears,
And consummation comes, and jars two hemispheres.

Thursday, August 20, 2009

Ahijadas

Haz como ella y apadrina una palabra, que las palabras son buenas ahijadas.

Paseos

Escribe una guía de viajes de tu propia ciudad.
(También puedes añadir o puntualizar detalles en la mía)

Aquí está Gijón:

Gijón es un buen lugar para dar paseos junto al mar. Puedes pasear horas y horas sin abandonar la costa en ningún momento. Si vas de la playa de San Lorenzo hacia la derecha te encontrarás primero con "La lloca del Rinconín", una escultura de una madre despidiéndose de su hijo que emigra. Es una de las estatuas más emblemáticas de la ciudad. Junto a la Lloca, en un parquecito, hay otra escultura. En este caso es una escultura abstracta hecha con imanes muy potentes, que la mantienen en equilibrio en el aire. Justo en el hueco donde los dos trozos de metal se atraen sin tocarse podrás ver un montón de moneditas rojas e incluso alguna lata de refresco (cualquier cosa que sea atraída por un imán). Puedes probar suerte con una moneda, a ver si se queda pegada en el imán.
Camina más y encontrarás sorpresas como un banquete de marmol servido en la roca o un viejo vagón de tren.

Si sigues caminando encontrarás la playa de Peñarrubia, la playa nudista más famosa de Gijón, pero te aconsejo que andes un poco más, cruces un prado que está un poco más allá y desciendas por unas escaleras junto al mar. Allí está un peñasco que se llama "la isla de la tortuga" y está junto a la playa de Peñarrubia pero sin los agobios de la arena y de la gente. Si el mar está tranquilo te puedes bañar y también puedes hacer nudismo.
Sube el prado que dejaste atrás. Arriba del todo está el mirador de la Providencia. No es muy bonito como construcción, pero puedes subir a echar un vistazo. También puedes deambular por los alrededores. Hay una iglesia chiquinita con un aparcamiento que los jóvenes utilizan de picadero por las noches y algún que otro bar donde tomar una sidra y algún pincho.
Hasta aquí es un buen paseo, pero si quieres puedes seguir hasta una playa llamada "Serín". Está bajando unas escaleras anchas, no hay mucha gente, es nudista y el agua está bastante limpia. El problema es que al estar pegada a la montaña si te quedas hasta por la tarde en seguida se va el sol. Procura que no se te haga de noche en la playa, porque las escaleras no están iluminadas. Puede ser que haya luciérnagas y te iluminen el camino, pero yo no dejaría mi destino en manos de las luciérnagas.
Si quieres andar aún más se puede llegar hasta una playa llamada "La Ñora", pero tardas el día en ir y volver, así que tenlo en cuenta para preparar sandwiches y calzado cómodo.
En tren también puedes llegar a alguna playa en poco tiempo. Te aconsejo la playa de Perlora, que está al lado y es muy agradable y también el pueblo de Candás. La playa no es gran cosa, pero el pueblo es bonito y puedes tomarte algo en las terracitas junto al mar. También puedes comprar un dulce típico de allí que se llama "Marañuelas". Son unas galletas de mantequilla deliciosas.
Si te gusta lo dulce en Gijón hay confiterías magníficas, como Balbona y La Fé y también una heladería donde tienen el mejor helado de nata de la ciudad que se llama Islandia y está cerca de la plaza del ayuntamiento. Esta heladería es famosa por tener helados de cosas como queso cabrales y fabada, pero la verdad es que yo no me he atrevido nunca a probarlos, así que no te sabría decir.

En cuanto al lado izquierdo de la Playa de San Lorenzo... camina y encontrarás la escalera número cuatro, llamada La Escalerona. Allí suelen estar los habituales de la playa, los que se bañan todo el año, haga frío, calor, hiele o nieve. Forman parte de Gijón tanto como la sidra y la escultura de Chillida.
Una vez pasada la Escalerona te encontrarás en el barrio de Cimadevilla, el casco antiguo de Gijón. Allí está el Museo Casa Natal de Jovellanos, una casita encantadora con alguna que otra sorpresa (como las esculturas de Navascués), las termas romanas o la torre del reloj. Las vistas desde la torre del reloj son de las mejores de Gijón, así que no dejes de subir allí. En Cimadevilla encontrarás un montón de terracitas y sidrerías. Por la tarde puedes ir a tomar sidra a "La cuesta del Cholo", una cuesta que está al lado del puerto donde hay otro conjunto de caras habituales de la ciudad.
Por encima del barrio está El Cerro de Santa Catalina, donde hay una muralla romana y en lo alto la escultura de Chillida llamada "El elogio del horizonte" por el propio autor y "el váter de King Kong" por los gijoneses. Colócate debajo y escucharás el ruido del mar saliendo de la escultura. Mira el acantilado. Hay una hendidura bajo la escultura, donde van a follar los que quieren vivir emociones fuertes. Desde el Cerro se han matado tanto suicidas como amantes. No te acerques demasiado al borde.
A lo lejos verás unas bombonas gigantes de gas. Mira ese horizonte. La naturaleza y la industria se unen para formar el paisaje de Asturias. Asturias es naturaleza e industria juntas, no montañas, lagos y mares vírgenes. Pero tiene su belleza, si sabes mirar.
Por Cimadevilla puedes perder tardes enteras. Te aconsejo un bar llamado "La Corrada". Es muy agradable, tiene los mejores bocadillos que he probado en mi vida, buena música, un póster a tamaño natural de Leonard Cohen comiéndose un plátano, carajillos de puta madre y creo recordar que algún juego de mesa. Otro lugar para estar tranquila es el Atocha, que está en la misma plaza, los carajillos son los mejores de Gijón y hay ajedreces. Un poco demasiado tranquilo a veces, tenlo en cuenta. En esa misma plaza hay locales guapos un poco más nocturnos, como el Babylonia o el Aquelarre, y también el bar de los guays de la ciudad, que se llama La Plaza. Allí están pintores, artistas, modernos, gente de la noche y todo músico (o novia de músico) que se precie. Es un ambiente un poco cerrado pero te mentiría si te dijera que no es otro de los lugares donde puedes encontrarte con una de las caras de la ciudad. Todo el mundo se da mucha importancia, todo el mundo se cree algo.
Si quieres perderte por la noche, a partir de las 3 de la mañana tendrás que ir al Soho o al Bola 8, los dos en Cimadevilla y de sobra conocidos. Personalmente prefiero el Soho, pero no sabría decirte por qué.
Si te gusta el rock hay un par de bares en el centro de gijón. Los dos se llaman Savoy. En realidad el segundo Savoy es algo así como una sucursal del primero. El primer Savoy es más típico, antiguo, con mesa de billar y gente un poco más mayor. El segundo Savoy está en un sótano, es un sitio agradable, hay gente de todo tipo y suelen tener música en directo de grupos bastante decentes. Personalmente lo prefiero. Te aconsejo ir allí tempranito, a las 10 o las 11, después de cenar.
Y ahora dos de mis bares favoritos: El Dam y La vida Alegre. El Dam es un local con dos plantas, música ambiente perfecta para hablar de cualquier cosa, luz tenue bajo un barreño rojo, papel de la pared de bicicletas y pufs comodísimos en la parte de abajo (en donde puedes fumar porros sin que nadie te diga nada). Es uno de los sitios mejores para esconderse del mundo o para arrancar confesiones. También hacen conciertos y echan ciclos de cine, pues están al lado de una tienda llama Toma 3, especializada en cine. La tienda la lleva un chico que se llama Tono. Es un poco gilipollas, pero se parece un poco a Mat Dillon y tiene una conversación interesante sobre cine y lo que se te ocurra. Frente a esa tienda está una de discos de segunda y primera mano llamada La Bomba Records, donde puedes encontrar alguna que otra rareza. La tienda está en el Centro Comercial San Agustín, que tiene los únicos cines céntricos de la ciudad.
La Vida Alegre lleva poco tiempo en pie, pero es un sitio muy majo, bien de precio y la dueña es cantante de Jazz, así que exquisito con la música. Si no quebró ya justo frente a La Vida Alegre hay otro local llamado La Caja de los Músicos, medio bar medio asociación cultural, donde puedes escuchar jam sessions de las de verdad.

Otra tienda que no puedes dejar de visitar es Paradiso, en la Calle de la Merced. Es una de las librerías más antiguas de Gijón. Tiene el piso de madera, un altillo y una selección muy muy buena de libros (alguno de ellos de autores asturianos). El dueño, bajito y regordete, se llama Chema. Puedes perder horas allí hojeando libros y te puedes fiar de las recomendaciones de Chema. En frente de la librería hay una tienda de tés llamada Tea Sinensis, así que tienes libros y té a menos de 30 metros.
La placita que está nada más empezar la calle se llama por los gijoneses "la plaza del parchís". Ahora creo que está en obras. En la plaza está un edificio llamado el "Antiguo Instituto Jovellanos", con una cafetería donde la wifi funciona genial y tienen buenos pinchos, alguna exposición temporal e información sobre la ciudad y lo que puedes ver o hacer allí. También dan conferencias, hacen cursos, hay conciertos... Entra y échale un vistazo a los folletos.
Justo al lado está la Biblioteca. Es un edificio bonito, con una gran claraboya y todos los periódicos y revistas que quieras para hojear.
En la Calle San Bernardo está una de las sidrerías más típicas de Gijón, que se llama El Globo. Te aconsejo que, si los tienen, pruebes los Oricios. Son erizos de mar que no se comen en otras regiones.
Para ir a pasear también tienes el Parque Isabel la Católica, donde puedes ver emús y pavos reales albinos, además de patos, rosas y columpios para niños que parecen un parque de atracciones. En el Parque está el Parador. En el Parador se quedaron los Rolling Stones cuando vinieron a Gijón, así que si te quedas por la noche puede ser que duermas en la cama de Mick Jagger sin saberlo... En cualquier caso es un buen lugar para comer.
Hay otro hotel guapo para tomar un vino (poco más, porque es un poco burgués y hortera, pero para un vino tiene su punto) que es el Begoña Park.
Con coche puedes ir a más sitios (como Casa Yoli en Deva), pero por esta vez nos centraremos en la ciudad.
Si te gustan los pinchos de tortilla te aconsejo los del Café Gijón, que está en Fomento. Es un local muy muy agradable, con zona para no fumadores y objetos antiguos. Por la noche, sin embargo, evita esa zona, que está llena de pijos.
Como museos te puedo recomendar el Revillagigedo y el Barjola (los dos en Cimadevilla). El Revillagigedo era un antiguo palacio y tiene exposiciones bastante chulas. El Barjola es más moderno y hace unos catálogos de las exposiciones impresionantes.
Un poco más lejos de la ciudad está el Museo Evaristo Valle. No es que la pintura sea gran cosa, pero tiene un jardín delicioso. Vale la pena darse el paseo.
También un poco a desmano (por Cabueñes) tienes el Jardín Botánico y la Laboral. El Jardín Botánico no es muy allá como Botánico, pero es un paseo precioso (la pena es que haya que pagar por pasear) y la Laboral es una construcción tipo El Escorial en pequeñito donde ahora han puesto un museo de arte ultramoderno. Yo no he estado nunca así que no te puedo decir, pero se han gastado una pasta en él y además el sitio es muy guapo, así que vale la pena echar un vistazo.
Al otro lado del parque Isabel la Católica está el estadio de fútbol, el Molinón, sólo en el caso que seas forofa de nuestro deporte nacional.
Si un día quieres desayunar a lo bestia te aconsejo las tortitas de chocolate con nata del Dindurra. El Dindurra es el café más antiguo de Gijón. Está comunicado con el Teatro Jovellanos y es de esos sitios viejos, llenos de viejos, pero con mucho sabor. Las ventanas dan al paseo Begoña.
En el Teatro Jovellanos suele haber cosas interesantes. Ahora creo que lo están reformando, pero no sé hasta qué punto ni si conservará su encanto y sus chirrionas butacas de cuero.
Olvido muchas cosas, pero es un principio para descubrir la ciudad poco a poco.

Monday, August 17, 2009

Regreso

Todo acaba por volver al lugar al que pertenece.
La reina deja bookaffinity (o bookaffinity deja a la reina) para regresar a su casa de siempre. Hasta nueva orden reconstruiré aquí mi taller.

Sunday, May 25, 2008

Mudanza

El taller se traslada a un nuevo castillo.

Dirección:
http://ubu.bookaffinity.com/

No esperéis salones con tapices ni mesas llenas de banquetes ni quioscos de malaquita, que aún estoy haciendo la mudanza.

Wednesday, May 21, 2008

Definiciones

De las definiciones de "novela" que me he encontrado a lo largo de mi vida y a lo ancho de mi reino hay una por la que siento especial debilidad:

"Novela es todo aquello que escribe un clérigo y que lee una dama"

Deberes: busca o inventa otra definición de algún género literario escogido a tu antojo.

Ética cartesiana

Si hay algo que me gusta de Descartes no es en absoluto ni su método científico ni su conclusión de que pienso luego existo ni tan siquiera ese demonio maligno que es como un trasgu al que le gusta confundirnos y mucho menos su Dios como garantía última de todas las cosas.
Lo que me gusta de Descartes es su ética, eso de seguir las normas establecidas pero sin creérselas, sólo hasta que descubramos la verdad de las cosas y encontremos una ética mejor.
Adopta por tanto la ética que creas conveniente, pero ten en cuenta que es una ética caduca, que se desvanecerá en cuanto empieces a descubrir otras verdades. Luego adoptarás otra ética, que también caerá y así sucesivamente. A no ser, claro está, que descubras que pienso luego existo o algo por el estilo y te puedas quedar con una ética de la que te puedas fiar, casi tanto como de Dios.

Monday, May 19, 2008

Indisciplina

Lo leí en una entrevista, aunque no recuerdo el tipo que lo dijo. El caso es que ponía en duda la validez de la interdisciplina para la creación del arte. Decía que lo que había que tener no era interdisciplina, sino indisciplina. Absolutamente indiscutible.

Saturday, May 17, 2008

Friday, May 16, 2008

Misterios

Adivina, adivinanza
¿qué tiene el rey Ubú en la panza?