Monday, October 31, 2011

El efecto Sherezade




Los lectores de novela suelen ser permanentemente insatisfechos espectadores de cine. Cuando has leído un buen libro, uno de esos que acompañan durante días o meses, un libro que ha dormido junto a ti en la mesita un buen puñado de noches, siempre esperas, de forma más o menos consciente, que hagan una película. La literatura consiste en una superposición lineal de detalles, mientras que en una película te sumerges en tiempo real en una escena, con todos sus matices, con todos sus detalles a la vez, así que el lector raras veces se resiste a la tentación de ver la película que se ha basado en sus libros favoritos. Pero luego, mientras la ve se pasa el tiempo maldiciendo al director por haber cortado escenas, por haber cambiado diálogos, por haber traicionado el "espíritu" del libro y termina, la mayoría de las veces, decepcionado por lo que ha visto.
El tema de las adaptaciones literarias es un tema complejo, la película que adapta una buena novela, una novela conocida y amada por muchos, parte desde su inicio con una ventaja y una desventaja: la ventaja de utilizar una narración que ha demostrado que gusta y funciona, y la desventaja de que los lectores exigirán esa fidelidad al "espíritu" que ni siquiera ellos son capaces de explicar y que probablemente cambie de un lector a otro.
El cine no se ha liberado aún de su deuda con la narrativa, y la paga religiosamente adaptando las novelas que todos esperamos que se adapten. Sin embargo la experiencia del lector de novelas no es comparable a la experiencia del espectador de cine. Son géneros que no se pueden equiparar, principalmente porque el lector de novelas diluye su lectura en varios días, de manera que el libro tiene una significación dentro de un periodo concreto de su vida, mientras que la película concentra su significación en hora y media (dos horas como mucho), pues impone un tiempo al espectador, lo hace salir de su cotidianeidad como si fuera un sueño, sustituye la realidad en lugar de acompañarla. Una película tiene más que ver con un relato que con una novela, pues el relato y la película exigen ser recibidos de una sola vez, desde el principio hasta el final, sin un descanso. Ni la película ni el relato se pueden dejar a medias y volverlos a retomar unos días después.
Si hay un género cinematográfico que se pueda comparar a la experiencia lectora de una novela es el de las series de televisión. Lo mismo que las novelas se publicaban por entregas en los periódicos, las series se emiten en capítulos semanales. Esa sensación de continuidad y necesaria ruptura que no hace sino subrayar la continuidad lo podríamos llamar el "efecto Sherezade", que es el efecto produce la sensación de algo completo y también algo pendiente unidos. No es el "continuará" de las telenovelas, que juegan con la trama de la intriga y el deseo de saber que ocurrirá, sino lo que queda en la médula espinal después de cada capítulo de Perdidos, Los Soprano, Mad Men o Misfits (o, por nombrar una adaptación literaria, Juego de Tronos). Si alguien está buscando la huella que imprime en el carácter una novela no debería meterse en la sala de un cine, debería buscar entre las series, pues estas ya han logrado superar su minoría de edad y son, en ocasiones, verdaderos productos estéticos.
El efecto Sherezade es un efecto narcótico y sedante, lo mismo que eran los cuentos que le contaba Sherezade al  Rey Shahriar, el efecto que nos producen las historias que prometen continuar al día siguiente, que nos prolongarán la vida un poco más, pues mientras dura la historia la vida también dura. Los personajes se quedan suspendidos esperando la conclusión en el limbo de lo que existe, aunque sea de la manera en que existen dios y los unicornios. El efecto Sherezade hace que la realidad sea habitable, porque podemos elegir en ella a nuestros compañeros de viaje. El ser humano necesita la repetición, necesita saber que lo que hoy es cierto y está vivo mañana seguirá siendo cierto y seguirá estando vivo, aunque se transforme. Se necesita mucha presencia de ánimo para decir hola y adiós a alguien una misma tarde, se necesita una gran carencia de miedo, se necesita estar preparado para la muerte.
La película exige mucho, lo mismo que un relato. Haz la prueba. Piensa en qué te da menos pereza, leer un relato o empezar una novela, ver una película o dos capítulos de una serie. Aunque inviertas el mismo tiempo en hacer ambas cosas ni el relato ni la película van a desplegar su efecto Sherezade, el beso de buenas noches con la promesa de que la historia continuará mañana. La novela y la serie suspenden nuestro miedo a la muerte, a que todo se termine, a que no podamos controlar el tiempo, el cine y el relato son espacios sagrados en los que el espectador y el lector se enfrentará al abismo, ceden su tiempo a los personajes sin esperanzas de que estos sigan a su lado cuando se despierte.

Artículo publicado en la revista Brixel

Wednesday, October 19, 2011

Aprendiendo por las malas

El que con escritores se acuesta
cagado de ego se levanta.

Sunday, October 09, 2011

Destripando a Jack





Hay algo profundamente admirable en los ingleses, y es la capacidad que tienen para narrar su propia historia, la tremenda labor literaria que han llevado a cabo para conquistar su tradición, para que sus personajes históricos sean contemporáneos de cualquier época y para que sigan presentes hoy en día. Es un país que no se olvida nunca de su pasado, un país que ha llevado a la ficción su historia (baste como ejemplo las inmensas tragedias de Shakespeare) y a la historia su ficción, pues nadie se atreverá a negar que personajes tan irreales como Sherlock Holmes, Peter Pan o Alicia forman parte de nuestro imaginario.
No se puede evolucionar sin una enorme carga de ficción que articule esta evolución, sin un juglar que cante la batalla, sin un cronista o poeta que vaya recogiendo los pedazos de acontecimientos para darles luego un sentido y un fin. Muchas veces el error es pensar que la literatura va por su lado, que no hunde las raíces en la más cruda realidad, y que no termina por regresar indefectiblemente a ella. El error consiste en no considerar reales a algunos de los personajes de las novelas y en no considerar ficción a los que viven en las páginas de los periódicos y los libros de historia.
Uno es estos personajes reales de ficción --tal vez el más famoso de todos-- es Jack el Destripador: un asesino que fue perseguido por la policía, fue portada de los periódicos, y que sin embargo habita el imaginario del lector con la fuerza de una leyenda, de una historia narrada de forma anónima que se sostiene por su gran poder simbólico y evocador.
Jack el Destripador es, como los nazis, un aspecto tan aterrador del ser humano que produce una suerte de fascinación, una necesidad de recrearlo una y otra vez, no se sabe muy bien si para volverlo verosímil o para colocarlo del lado de la fantasía, donde todo hecho monstruoso es bello y necesario.
El asesino londinense aparece ahora en las páginas de dos obras maestras del cómic (no seré tan cursi como para llamarlo "novela gráfica"): por un lado en la inquietante From Hell, de los aún más inquietantes Alan Moore y Eddie Campbell y por otro lado en la precuela Peter Pan, del francés Loisel (hay algo profundamente admirable en los franceses, y es su capacidad para apropiarse de las historias ajenas).
From Hell es una mezcla de novela policiaca, esoterimso al más puro estilo de William Blake y desafío visual a las entrañas del lector. Es un universo brutal, desengañado, en el que todo encaja a la perfección, en el que los personajes no justifican su existencia, sino que el mero hecho de existir los vuelve justos y necesarios. From Hell narra un vacío en la historia de Inglaterra (que se puede tomar como la historia del mundo ya que al tejer ficción y realidad se convierte en universal). La obra de Loisel parece, en principio, más amable: bellos dibujos de colores, viñeta limpia y grande, ordenada, tradicional, europea, fácil de leer y con una ambientación de ensueño. Sin embargo hay muchas cosas que estos dos cómics tienen en común.
La primera es la pérdida de la inocencia: Peter Pan es una obra también brutal, el mundo de Nunca Jamás es un mundo terrorífico y naif al mismo tiempo, y el lector se da cuenta demasiado tarde de que no se ha metido precisamente en un cuento de hadas. La segunda es el intento de rellenar narrativamente los huecos de una historia. El Peter Pan de Barrie comienza in media res, con un niño que vuela y que vive en un mundo fantástico, pero nunca explica quién es ni cómo llegó allí. Esto lo descubrimos en el cómic de Loisel, como también descubrimos quién es el Capitán Garfio o el lado más oscuro de Campanilla.
Dentro de Peter Pan también está el personaje Jack el Destripador. No se termina de explicar muy bien y a veces parece un añadido que no encaja con el resto de la historia, pero ofrece un contrapunto muy interesante a Peter. El Jack de From Hell es el reverso de lo femenino. El Jack de Peter Pan es el reverso de la inocencia. Para que un personaje gane por completo su inocencia el equilibrio del mundo obliga a que alguien la pierda por completo.
En su artículo "¿Qué es la Ilustración?" Kant pedía al ser humano que abandonara su minoría de edad, que abandonara su inocencia, que no hiciera depender a la razón más que de sí misma. Hay quienes dicen que la Ilustración ya pasó y hay quienes dicen que todavía no ha llegado, que aún sigue nuestra razón en esa peligrosa minoría de edad. Por último hay quienes afirman que aún estamos en esa época, a medio camino entre la lustración y el romanticismo, dos momentos que nunca llegaron a estar separados del todo, que fueron cada uno el reverso del otro lo mismo que Jack es el reverso necesario de Peter Pan.
La sombra de la Ilustración es alargada, y el lado más sombrío es Jack el Destripador. Es la caricatura grotesca de la ciencia llevada al extremo, del dominio de la naturaleza y la búsqueda de lo verdadero a costa de lo real. La razón también produce monstruos, inteligencias extremas que trabajan sin descanso para acabar con lo natural o lo inocente. La obra de Loisel representa la crueldad de la inocencia, que radica en vivir el rabioso presente, sin recordar el pasado ni preocuparse por las consecuencias de los actos. La de Alan Moore representa la crueldad de la mayoría de edad, que radica en vivir sin atender al presente, siendo fiel a la sabiduría del pasado y preparando la del futuro, la crueldad del sabio que vive por encima del bien y del mal, por encima de la naturaleza y por encima de lo humano.
Hoy en día vivimos en la cuerda floja. Intentamos salir de la minoría de edad pero contemplamos delante de nosotros el abismo de la razón, capaz de horrores como las bombas atómicas o la alteración genética de las semillas. Jack el Destripador habita las páginas de dos cómics que también han perdido la minoría de edad, la inocencia propia de este género. El ilustrado Jack regresa de las brumas de Londres para dejarnos suspendidos en la incertidumbre histórica, el ilustrado Jack deja al lector sin el amparo de la infancia y sin la confianza en la razón, anclados en el desasosiego. 


Artículo publicado en la revista Brixel

Sunday, September 25, 2011

Lo que lee una dama





De todas las definiciones de "novela" que he visto, leído y escuchado la que más me gusta sigue siendo aquella definición medieval que decía que la novela "es todo aquello que escribe un clérigo y lee una dama". Si entendemos al "clérigo" como cualquier persona culta y a la "dama" como el lado femenino de cada lector me parece que esta definición tendrá pocos detractores. Sea como sea, el problema de la novela es un problema mucho más teológico que literario, pues la novela nació como una búsqueda de lo divino, en una época sin nombre, en un momento al que llamamos "Edad Media" como si nos tranquilizara pensar que está entre dos hitos importantes, entre dos cronotopos perfectamente inteligibles.
Las leyes de la edad sin nombre (pues no tiene sentido ninguno seguir llamándola "Edad Media") eran las leyes de la caballería, un camino que el héroe tenía que seguir para alcanzar su perfección y que pasaba por el servicio a una dama. El amor cortés es una forma de acercamiento a lo sagrado, pero una forma que roza la herejía en cuanto que sustituye a Dios no sólo por lo humano, sino por lo humano-mujer. En las novelas de Chretien des Troyes nace una nueva orientación, ya no hacia el cielo, sino hacia lo femenino, y esa orientación se desarrollará más tarde en la pluma de los líricos provenzales y alcanzará su forma más perfecta en Dante.
El acto de salvar a la dama se convierte en el caso de Perceval en algo simbólico, pues se pone al servicio de una copa, representación antropológica de lo femenino, y representación metonímica de Dios. El caballero sirve a dios por medio de su servicio a la mujer, pues lo que lo convierte en un ser perfecto no es otra cosa sino su amor, no un amor romántico, sino un amor platónico, un amor como búsqueda de la verdad y la belleza y un amor como servicio a lo divino.
El Santo Grial es el símbolo en el que se aúnan las tradiciones en las que aparece un objeto nutricio, un objeto que hospeda a los hombres, que los alimenta y los une. Beber es un acto que da vida y beber del mismo recipiente --como sabemos los asturianos-- es un acto que crea comunidad. No es una casualidad entonces que la leyenda del Santo Grial aparezca vinculada al Ciclo Artúrico y a los caballeros de la Mesa Redonda. El Grial, también redondo, une a los caballeros que se hacen dignos de alcanzarlo. Jesucristo, Perceval, Sir Galahad. Los más puros de entre todos los seres humanos. Un caballero es un hombre perfeccionado, un hombre que se convierte en lo que debe llegar a ser, un hombre que ha desterrado la duda de su corazón y que se pone al servicio de la mujer, del amor y del grial. Perceval, según von Eschenbach, significa "por en medio", un nombre muy curioso para alguien que pertenece a la Edad también llamada "media" y que está en el medio, entre el origen sagrado de la copa y su destino humano. La mesa redonda es una comunidad dirigida por el rey Arturo. El Grial es una comunidad dirigida directamente por dios. El objeto selecciona en diferentes épocas a los mejores de entre todos los hombres para que le sirvan, como si hiciera de los hombres obras maestras gracias a su poder femenino.
En la gran cena el grial es el verdadero anfitrión, el continente de dios hecho hombre, pero también es un símbolo que nutre, es el símbolo que responde a la profunda necesidad de paz en la tierra y que une la religión con la alquimia, la tierra con el cielo, el cristianismo con las religiones paganas y al caballero con su más profundo femenino.
El grial impone sus propias leyes, es el camino que hace al caballero sufrir su ascensión. Está ascensión no se produce ni por la vía de la reflexión teológica ni por la vía mística, sino por una superación personal hacia un objetivo claro, que vincula al caballero con el tiempo y el espacio divinos.  
En las historias del Santo Grial es tan importante el secreto como la búsqueda. Son estos dos motivos los que le conceden poder al objeto. Un objeto que se esconde y que se busca es por definición un objeto valioso. Este es el sentido de los tesoros y por tanto todas las historias de piratas, de búsqueda de cofres escondidos y de grandes hallazgos tienen su origen en la búsqueda del Grial.
El grial es la piedra de toque entre una época y la anterior, el objeto que se conecta con lo más profundo del pasado para generar un futuro de perfección y de humildad. Esta piedra de toque sirve a lo femenino y requiere que le sirvan los iniciados, aquellos que no sólo comprenden la luz sino también las sombras, aquellos que son capaces de escribir para que lo lea una dama. 

Publicado en la revista Brixel

Thursday, June 30, 2011

La hoguera


Las casas están llenas de libros. Colecciones de libros, libros antiguos comprados a los buquinistas de París, a orillas del Sena, encargos a tiendas online, novelas adquiridas en la librería del barrio, regalos, rarezas y ediciones con bellos dibujos, recomendaciones de amigos, libros favoritos de los chicos que te han gustado, libros dedicados por amigos, colegas y enemigos, libros de tíos, abuelos, padres, madres, herencias de la gente que se mudó a otra ciudad. Son libros dormidos, de autores que muchas veces ni te suenan, que acumulan polvo o hacen más hogareño un hogar. Es el tesoro que te legaron las generaciones pasadas: enormes bibliotecas de ciencia, técnica y literatura. Ahora has llegado hasta aquí, como un Don Quijote que hubiera ampliado su locura, que posee la sabiduría y la imaginación de cientos de antepasados, pero que dedica la mayor parte de su tiempo de lectura --no nos engañemos-- a blogs, artículos de la wikipedia, posts y al contenido de los links del facebook.

El medio ha cambiado, y sin embargo te sigues emocionando cuando entras en una casa llena de libros porque --también es cierto-- una colección de libros dice mucho de quien la posee. En la época en que adquirir libros ha dejado de ser el problema parece que lo verdaderamente problemático es deshacernos de ellos.

Volvamos ahora a Don Quijote, pues él mismo dio una gran lección de crítica literaria justo antes de emprender sus aventuras: cogió todas sus novelas de caballería y fue decidiendo una por una cuál tenía que ir a la hoguera y cuál se tenía que salvar. Este es el primer paso para cualquier acción posterior, decidir qué principios (éticos, estéticos e ideológicos) seguir y cuáles no. Si hubo un tiempo (que lo hubo) de construir y acumular, ahora es el tiempo de seleccionar y echar al fuego todo cuanto ya no valga.

En la novela de Bradbury Farenheit 451 (título que hace referencia a la temperatura a la que arde el papel) los bomberos se dedican a la gratificante tarea de quemar libros. Esta distopía futurista pretende hacer al lector reflexionar sobre lo importantes que son los libros para la sociedad. Sin embargo la distopía tiene un final utópico; termina describiendo un lugar donde cada persona se aprende un libro de memoria y se lo recita a quien quiera escucharlo.

Hay algo quijotesco en la novela de Brádbury. Primero por la destrucción de los libros (que en ambas novelas se consideran "peligrosos") y luego por el acto heroico de hacer que los libros cobren vida a través de las personas. De alguna manera un libro sólo es verdadero cuando se hace carne.

Los libros se hacen realidad igual que los deseos, así que cada lector debería tener la responsabilidad de guardar en su casa únicamente los libros verdaderos, los libros que hablan contigo, los que hablan entre ellos y los que crean realidad. La creación de una biblioteca es una asunto complejo y personal. Alan Bennet, en su novela Una lectora nada común presenta una historia que está a medio camino entre la utopía, la realidad y el cuento de hadas. Propone un encuentro entre la reina de Inglaterra y un bibliotecario ambulante y la creación, por parte de Isabel II, de su personal biblioteca. Las lecturas que hace la van convirtiendo poco a poco en otra persona, la hacen que se interese por temas que antes no le importaban y que vea la política de otra manera. Lo más curioso del asunto es que la biblioteca de la reina no se compone de grandes clásicos (al menos no sólo de grandes clásicos) y tampoco se trata de una extensísima colección de títulos. La reina no se convierte en una erudita sino en una lectora, y a veces es mucho más difícil ser lo segundo que lo primero.

La formación que una persona obtiene de los libros es una de las más personales que existen. Es necesario elegir bien, no sólo con la mente sino también con el corazón y con las vísceras, combinar clásicos y modernos, densos con livianos y saber renunciar y echar al fuego aquellos que se han quedado atrás o que ya no dicen nada. Hacer una biblioteca es como cocinar a fuego lento, durante años, el gran plato de tu vida.

En el mundo del consumo voraz, de la facilidad para acceder a la información y la enorme facilidad para reproducirla, cada uno debería tener la responsabilidad de elegir sus lecturas como si fuera la reina de Inglaterra, saber quemar las que no nos sirven como Don Quijote y hacerlas vivir en su carne como el final de Farenheit 451. Para iniciar una revolución necesitamos dejar de acumular libros y empezar a ser lectores, crear pequeñas bibliotecas vivas que sean capaces de pasar a la acción.


Artículo publicado en la revista Brixel

Wednesday, June 01, 2011

A la luz del haiku


Japón tristemente está de moda. Para bien o para mal ya ha pasado el tiempo en que no nos afectaba lo más mínimo lo que sucediera a miles de kilómetros de nuestra casa. Ahora todo sucede "aquí y ahora", cada acción de los hombres, cada acontecimiento y cada desastre tiene consecuencias planetarias. Vemos a la mariposa aletear por la tele, por internet; tenemos amigos y familiares cerca de esa mariposa.

Por eso parece que el terremoto ha sacudido una parte de nuestra ciudad, una parte en la que podríamos haber estado merced a una beca, un trabajo o un viaje de placer o de negocios, pues viajar no significa ya descubrir otros mundos, sino moverse dentro del propio.

Sin embargo, cuando leemos a autores orientales tenemos el problema de que una lee siempre desde su tradición, desde sus símbolos, sus modos de representar el mundo, sus años de Biblia, Aristóteles, Quijotes y romanceros. Una nunca es virgen cuando abre un libro, y casi me atrevería a afirmar que cuantos menos años tienes menos virgen eres, pues la virginidad, como tantas otras cosas, es algo que se aprende.

¿Cómo abordar entonces, desde este occidente que te habita, la lectura de un haiku? ¿Cómo coger esos tres versos, esas 17 sílabas entre las manos y no que se te escurran entre los dedos de las expectativas? Un viejo estanque/ se zambulle una rana/ ruido del agua. Así empieza y termina el poema de Basho, sin dejar apenas espacio para que suceda nada en medio. He aquí una de las claves de estos poemas: la brevedad. "Es obvio", diréis, y es cierto, pero lo primero que hay que hacer para sacudirnos la occidentalidad es buscar la belleza también en lo obvio, superar nuestra dependencia romántica de lo original.

La brevedad es la primera característica material de un haiku, y así lo contemplamos, como un islote de literatura dentro del océano del silencio. Es una palabra que se pronuncia y calla, sin repetición ni letanía, que sale de la nada y vuelve inmediatamente a ella.

Maurice Coyaud, en su libro Hormigas sin sombra: el libro del haiku habla de estos poemas como "literatura por debajo de la literatura" o como obras que son literatura "a su pesar". El análisis que un occidental hace de algo eminentemente oriental puede ayudarnos a cruzar el umbral de los géneros y llegar al haiku sin esperar una explosión de saber o una gran lección, sino la intensidad y la belleza de lo que está pasando ante nuestros ojos.

Hay dos maneras de volver breve algo que es extenso: la primera de ellas es por concentración, como cuando arrugas o doblas una hoja de papel o como cuando hacías un comentario de texto para selectividad en el instituto. La segunda forma es por sección o corte, cuando coges sólo una pequeña parte de lo que era grande. El haiku se parece más a la segunda. Recorta la realidad como si de un folio se tratase, pero no la altera lo más mínimo. El corte permanece visible, y así el haiku no puede estar del todo separado del momento concreto en el que ha sido creado, como una rosa arrancada del rosal nos transporta de nuevo al jardín donde vivía. Este es el sentido de la palabra clave denominada kigo, que conecta al haiku con alguna de las cuatro estaciones: otoño, invierno, primavera, verano. Obviamente muchas de estas palabras no tendrán ya, para el lector occidental, más que el encanto de lo exótico y no el indicador que incluye al poema dentro de un tiempo y un espacio concretos. Tendrá que salvar esta laguna imaginando el poema dentro de su realidad, aunque la realidad sea desconocida, o al menos como una esquina arrancada de un folio inacabable.

Lo pequeño no se parece a lo grande, sino que está incluido dentro de ello. No es un esfuerzo de mímesis (no exactamente al menos) el que hace el poeta, sino un esfuerzo de selección y corte. Podríamos recortar el círculo rojo de la bandera de Japón y seguiría siendo la misma bandera, tanto si miramos el trapo blanco con el hueco redondo, como si colocamos la esfera suspendida en el cielo, rodeada por un blanco más azul y más profundo.

Esto ocurre con el haiku y la realidad en que es creado. El espacio en blanco se ve transformado por el poema, que a su vez coloca un redondel transparente en el tiempo y el espacio que evoca, guiando por él la mirada del lector.

En un haiku transcurre el tiempo. Un haiku mide el tiempo. Es como un pequeño reloj para cronopios que es capaz de tomar la medida exacta de los instantes. Yo las barría/ y al fin no las barrí:/ las hojas secas. (Taigi). El poema son las palabras, pero también el tiempo que tarda en decidir no barrer las hojas. Aquí si se puede decir que el haiku es mímesis, pero no de las formas, sino mímesis del tiempo. Genera una sensación temporal, un caer en la cuenta de cuánto tarda en suceder lo que sucede.

El tiempo de la poesía es el presente. Un poema siempre ocurre aquí y ahora, por eso es tan duro leer poesía, porque cuando una lee una novela tiene la tranquilidad de que si algo ha pasado es porque pasarán otras cosas luego, ya que siempre tenemos la certeza de que los muertos no cuentan historias. Sin embargo un poema es diferente. Ocurre de un golpe, y de un golpe se termina. Tienes que aceptar el desasosiego de lo incierto para afrontarlo. El haiku da cuenta, mejor que ninguna otra forma poética, de este presente.

Cuando se extiende una nueva forma métrica es que algo en la sensibilidad del mundo está cambiando. Sucedió con el soneto en tiempos de Dante y Petrarca y está sucediendo con el haiku, esa estrofa que nos encandila y que también toca algo profundo de la sensibilidad de occidente: aquello que occidente tiene de isla.

La "infraliteratura" de Georges Perec tiene mucho de haiku, como también los poemas de Emily Dickinson o ciertos aforismos sin aspiraciones sentenciosas. Pero más allá de eso, escritores como Kerouac, Becket o Benedetti se han dejado poseer por las 17 sílabas de un haiku. Cada vez son más los poetas que utilizan cuencos pequeños y no enormes tazas para sus poemas, cada vez sentimos más esa necesidad de expresar lo mínimo.

Japón ya no es exótico, es un breve presente en medio del océano, tembloroso y frágil que, sin embargo (y casi a su pesar), da cuenta del mundo.



Artículo publicado en la revista Brixel