-Todos los sueños con pájaros son de buena salud -dijo.==========-Ya estás en tiempo de desbravar -le dijo.==========Victoria Guzmán necesitó casi 20 años para entender que un hombre acostumbrado a matar animales inermes expresara de pronto semejante horror. «Dios Santo -exclamó asustada-, de modo que todo aquello fue una revelación!»==========«Mi hijo no salía nunca por la puerta de atrás cuando estaba bien vestido».==========Clotilde Armenta, la dueña del negocio, fue la primera que lo vio en el resplandor del alba, y tuvo la impresión de que estaba vestido de aluminio. «Ya parecía un fantasma», me dijo.==========-Por el amor de Dios -murmuró Clotilde Armenta-. Déjenlo para después, aunque sea por respeto al señor obispo.==========«Fue un soplo del Espíritu Santo», repetía ella a menudo. En efecto, había sido una ocurrencia providencial, pero de una virtud momentánea.==========Nadie se preguntó siquiera si Santiago Nasar estaba prevenido, porque a todos les pareció imposible que no lo estuviera.==========Pero después de que el obispo pasó sin dejar su huella en la tierra, la otra noticia reprimida alcanzó su tamaño de escándalo.==========-Hay que estar siempre de parte del muerto==========Mi madre le dio la bendición final en una carta de octubre. «La gente lo quiere mucho -me decía-, porque es honrado y de buen corazón, y el domingo pasado comulgó de rodillas y ayudó a la misa en latín.» En ese tiempo no estaba permitido comulgar de pie y sólo se oficiaba en latín, pero mi madre suele hacer esa clase de precisiones superfluas cuando quiere llegar al fondo de las cosas.==========-Cuando despierte -dijo-, recuérdame que me voy a casar con ella.==========«Muchachas -les decía-: no se peinen de noche que se retrasan los navegantes.»==========«Son perfectas -le oía decir con frecuencia-. Cualquier hombre será feliz con ellas, porque han sido criadas para sufrir.»==========y mi madre decía que había nacido como las==========grandes reinas de la historia con el cordón umbilical enrollado en el cuello.==========pues los cuatro habíamos crecido juntos en la escuela y luego en la misma pandilla de vacaciones, y nadie podía creer que tuviéramos un secreto sin compartir, y menos un secreto tan grande.==========Se había dormido a fondo cuando tocaron a la puerta. «Fueron tres toques muy despacio -le contó a mi madre-, pero tenían esa cosa rara de las malas noticias.»==========Sin embargo, la realidad parecía ser que los hermanos Vicario no hicieron nada de lo que convenía para matar a Santiago Nasar de inmediato y sin espectáculo público, sino que hicieron mucho más de lo que era imaginable para que alguien les impidiera matarlo, y no lo consiguieron.==========Les recordé que los hermanos Vicario sacrificaban los mismos cerdos que criaban, y les eran tan familiares que los distinguían por sus nombres. «Es cierto -me replicó uno-, pero fíjese que no les ponían nombres de gente sino de flores.»==========«Parecían dos niños», me dijo. Y esa reflexión la asustó, pues siempre había pensado que sólo los niños son capaces de todo.==========Pedro Vicario me pareció siempre más sentimental, y por lo mismo más autoritario.==========-Esto no tiene remedio -le dijo-: es como si ya nos hubiera sucedido.==========Halcón que se atreve con garza guerrera, peligros espera.==========El cuerpo había sido expuesto a la contemplación pública. en el centro de la sala, tendido sobre un angosto catre de hierro mientras le fabricaban un ataúd de rico.==========La masa encefálica pesaba sesenta gramos más que 1a de un inglés normal, y el padre Amador consignó en el informe que Santiago Nasar tenía una inteligencia superior y un porvenir brillante.==========-No puedo -dijo-: hueles a él. No sólo yo. Todo siguió oliendo a Santiago Nasar aquel día.==========De modo que no era concebible que fueran a alterar de pronto su espíritu pastoral para vengar una muerte cuyos culpables podíamos ser todos.==========al amparo del agotamiento público,==========Al verla así, dentro del marco idílico de la ventana, no quise creer que aquella mujer fuera la que yo creía, porque me resistía a admitir que la vida terminara por parecerse tanto a la mala literatura.==========Lo que más me sorprendió fue la forma en que había terminado por entender su propia vida.==========Había hecho más que lo posible para que Ángela Vicario se muriera en vida, pero la misma hija le malogró los propósitos, porque nunca hizo ningún misterio de su desventura. Al contrario: a todo el que quiso oírla se la contaba con sus pormenores, salvo el que nunca se había de aclarar: quién fue, y cómo y cuándo, el verdadero causante de su perjuicio, porque nadie creyó que en realidad hubiera sido Santiago Nasar.==========La verdad es que hablaba de su desventura sin ningún pudor para disimular la otra desventura, la verdadera, que le abrasaba las entrañas.==========Dueña por primera vez de su destino, Ángela Vicario descubrió entonces que el odio y el amor son pasiones recíprocas.==========Se asustó, porque sabía que él la estaba viendo tan disminuida como ella lo estaba viendo a él, y no creía que tuviera dentro tanto amor como ella para soportarlo.==========Durante años no pudimos hablar de otra cosa. Nuestra conducta diaria, dominada hasta entonces por tantos hábitos lineales, había empezado a girar de golpe en torno de una misma ansiedad común. Nos sorprendían los gallos del amanecer tratando de ordenar las numerosas casualidades encadenadas que habían hecho posible el absurdo, y era evidente que no lo hacíamos por un anhelo de esclarecer misterios, sino porque ninguno de nosotros podía seguir viviendo sin saber con exactitud cuál era el sitio y la misión que le había asignado la fatalidad.==========Pero la mayoría de quienes pudieron hacer algo por impedir el crimen y sin embargo no lo hicieron, se consolaron con el pretexto de que los asuntos de honor son estancos sagrados a los cuales sólo tienen acceso los dueños del drama.==========Sobre todo, nunca le pareció legítimo que la vida se sirviera de tantas casualidades prohibidas a la literatura, para que se cumpliera sin tropiezos una muerte tan anunciada.==========Ángela Vicario, por su parte, se mantuvo en su sitio. Cuando el juez instructor le preguntó con su estilo lateral si sabía quién era el difunto Santiago Nasar, ella le contestó impasible: -Fue mi autor.==========«Me hice bolas -me explicó Celeste Dangond- pues de pronto me pareció que no podían matarlo si estaba tan seguro de lo que iba a hacer.»==========La fatalidad nos hace invisibles.==========Flora Miguel lo esperaba en la sala, verde de cólera, con uno de los vestidos de arandelas infortunadas que solía llevar en las ocasiones memorables, y le puso el cofre en las manos.
Saturday, December 01, 2012
Citas: Cronica de una muerte anunciada. (Gabriel García Márquez)
Monday, January 23, 2012
Por qué leer a Martin
Confieso que lo cogí con recelo. Confieso que los libros que
logran demasiadas ventas tienen para mí un tufillo a manzana caramelizada de
feria que me echa para atrás. Confieso también que un libro de más de
cuatrocientas páginas llega con dificultad a mi mesita de noche. Confieso que
detesto los géneros literarios o, más que los géneros, detesto los libros que
están por debajo de su género y no por encima, aquellos en los que se notan
demasiado los tópicos como estructuradores de la historia.
En el peor de los ánimos posibles empecé Canción de hielo y fuego, de George R.R.
Martin, pero pronto tuve que deponer mis armas y rendirme a él. Martin utiliza
el género fantástico, es cierto, pero lo hace con tal sutileza, maestríaa y
contención, que logra que el lector asuma como posible y verdadero un mundo de
dragones, muertos que matan a los vivos y seres que cambian de rostros como si
cambiaran de nombre.
El esfuerzo y el logro de Martin ha sido el de crear un
universo completo, un universo que tiene elementos de otros pero que no se
parece a nada, con su mapa, su flora y su fauna, sus minerales y sus reyes, y
dentro de este universo todo es necesario y contribuye a darle un sentido a la
vida de los hombres.
Si la literatura nos aleja de la realidad es sólo para
devolvernos a ella más intensos, más preparados para experimentar las pasiones
humanas de una forma total, creativa y cargada de matices. Hay quienes aún no
entienden que la verdad en literatura
significa otra cosa, que no se trata de fidelidad histórica, sino de
verosimilitud, de piezas que encajan dentro del puzle de la ficción.
Los personajes de Canción
de hielo y fuego encajan. Son seres carismáticos, a medio camino entre el
cuento de hadas y la novela realista, son héroes con atributos y físico
inolvidables, pero también son humanos que evolucionan a lo largo de las novelas,
que mantienen diálogos con frases escritas en piedra, que se recuerdan los unos
a los otros, que viven, que sueñan, que se transforman cuando experimentan
nuevas aventuras, que pierden paso a paso su inocencia (y si no la pierden
mueren, porque en este mundo, en estos dos mundos, ya no hay espacio para los
inocentes).
El único pecado de George R. R. Martin ha sido la ambición,
el proyecto de novelar una historia tan inabarcable como nuestra propia
historia. La contención de los tres primeros tomos se desparrama en el cuarto y
aún más en el quinto, en los cuales aparecen y desaparecen personajes
secundarios sin demasiada carga de acción ni de significado. Con todo, la
ambición es el menos grave de todos los pecados, así que el lector habrá de ser
benévolo, como lo sería con un padre demasiado servicial, y habrá de serlo
porque Canción de hielo y fuego le
ofrece mucho más que una lectura, le ofrece una experiencia lectora, puede que la más intensa (una de las más
intensas seguro) que podamos tener hoy en día.
Esta experiencia
lectora sólo se puede lograr a través de la fantasía, que cambia de tal
manera las reglas del universo que el lector se ve obligado –casi sin darse
cuenta– a vivir entre sus páginas de una forma diferente, con un espíritu
transformado, con unos sentimientos más profundos y unas aspiraciones más
nobles.
En España tuvimos al mejor lector de fantasía, a ese Alonso
Quijano al que los libros volvieron tan loco como Orlando y tan noble como
Amadís. Don Quijote nos enseñó a leer fantasía, aunque hoy en día se le aprecie
más como aventurero que como lector. Ahora leemos a Cervantes olvidando que
fueron precisamente sus lecturas las que transformaron a Alonso Quijano en un
héroe.
En lo profundo de una España que se hunde, con las uvas del
año más profético a punto de ser devoradas y con una copia de El Quijote cogiendo polvo en la
estantería, es hora de leer a Martin, es hora de cantar al hielo y al fuego y
de jugar al juego de tronos, el juego en el que ganas o mueres.
De entre toda la bazofia que prolifera en las librerías
industrializadas bajo el epígrafe de "fantasía", el primero de los
libros que debemos rescatar del fuego es esta historia de reinos, de
conquistas, de caballeros y espadas, esta historia que ha de guiar nuestros
actos una vez devueltos a la realidad cotidiana, una vez que aprendamos de
él a nombrar al mundo de otra manera,
con los nombres rescatados de una era que sólo hemos tenido la oportunidad de
vivir dentro de las paginas de un libro. Y así podremos pensar en otra historia,
distinta y menos triste.
Artículo publicado en la revista Brixel
Monday, December 26, 2011
Invisibles muy visibles
La imagen del escritor solitario volcado sobre su manuscrito,
tecleando en la máquina de escribir, en su mesa de trabajo de alguna habitación
anónima ya no tiene mucho sentido. Un escritor, una escritora, hoy en día es
además de un autor el primer y más importante publicista de su obra, su propio
relaciones públicas y su propio vendedor. El trabajo de escritor no termina
cuando se deshace de sus folios mecanografiados para pasarlos a la imprenta,
sino que más allá de eso sigue siendo responsable no sólo de la difusión de su
producto, sino de la creación de su imagen como marca registrada. No importa demasiado
que los textos se puedan plagiar, porque hoy en día no son los textos lo que se
vende, sino que el verdadero producto, el verdadero objeto de deseo consumista
es el propio autor.
Este hecho obliga al escritor a levantarse continuamente de
la mesa, a asistir a recitales, congresos, conferencias, a conceder
entrevistas, a mantener un blog, un sitio web, una cuenta de twitter, una de
facebook y responder a sus comentarios. El escritor tiene que captar
seguidores, consciente o inconscientemente, pero de una forma inmediata, así
que va creando la imagen de ingenioso, o de comprometido, o de canalla, no
importa cual, lo importante es que sea una imagen lo suficientemente atractiva
para llamar la atención y que la mantenga a lo largo del tiempo. El producto
tiene que estar en comunicación permanente con sus compradores.
Una de las características de la literatura siempre había
sido la separación espacio temporal entre el escritor y sus lectores. Esta
separación permitía una especie de fría intimidad cuando se escribe, semejante
a la sensación de quien escribe cartas de amor para no enfrentarse a una
respuesta demasiado directa. La eliminación total o parcial de esta separación
tiene, se quiera o no, consecuencias en el nivel del estilo, que también se ve
modificado por la constante intromisión de los lectores dentro de la creación.
Este nuevo estilo no tiene por qué ser mejor o peor que el anterior, no quiero
hacer un canto al cisne que se muere, pero habrá de ser diferente, de eso no
cabe duda, pues el escrito se hace más colectivo y menos individual, más
consensuado y menos íntimo.
Llama la atención que en este mundo obsesionado por
visibilizar el mayor porcentaje posible de cada vida humana, dos de los más
grandes novelistas estén a su vez obsesionados con esconderse. Hablo de Cormac
McCarthy y de Thomas Pynchon. Cormac MacCarthy, escritor de best sellers como La carretera o No es país para viejos protege su intimidad como si cada entrevista
le robara un trozo de existencia. Pynchon va más allá, el artista que raya lo
ilegible se esconde en Nueva York, la ciudad más visible del mundo, pues la
mejor forma de esconderse (Edgar Alan Poe nos lo enseñó) es en un lugar muy
visible, y destruye cualquier testigo de su paso por el mundo.
La desaparición permite ser libre, no responder ante
expectativas, volver a crear por un momento la ilusión de la distancia perdida
entre el autor y sus lectores. El grafitero Banksy opera desde la oscuridad
para iluminar un mundo también oscuro. El baile de esta época ya no es el baile
de la realidad y la ficción, ni siquiera el baile de la civilización y la
naturaleza, el baile que realmente estamos bailando es el de lo visible y lo
invisible.
El tema de la desaparición sedujo también al novelista
Vila-Matas en su Doctor Pasavento, la
novela de un escritor que se esconde, que trata de desaparecer, pero que en esa
desaparición conserva una constante ansia de notoriedad. El drama consiste en
que nadie da demasiada importancia a esta desaparición. No es la desaparición
de Salinger, ni la reclusión de Walser dentro de su locura, ni la huida de
Agatha Christie. El Dr. Pasavento no llega a ser un Cormac MacCarthy, y sólo
llega a convertirse en un Pynchon de pega, un personaje tomando el nombre de
otro personaje. El Dr. Pasavento es un escritor discretamente conocido que se
acerca a la desaparición sin heroicidad, que busca a los que le tendrían que
buscar y paradójicamente es él quien no encuentra a nadie. Los americanos, sin
embargo, son esos extraños que llegan a la posada del pueblo envueltos en un
abrigo grueso, guantes, la cara vendada, grandes gafas y un sombrero de ala
ancha. Son los forasteros solitarios que exigen permanecer a solas, encerrados
en sus laboratorios de escritura, atreviéndose a salir sólo cuando cae la
noche. Son los escritores invisibles a los que todo el mundo mira.
Artículo publicado en la revista Brixel
La lectura mística
A Pasolini le partieron el corazón. No es ninguna metáfora
(al menos no es solamente una metáfora), es una verdad tremenda, brutal,
biográfica. Un coche lo atropelló en un paisaje desierto envuelto por la
sordidez y el silencio, le partió el corazón y el poeta murió.
La muerte de un hombre es lo que le da sentido a su vida,
algo así como su testamento simbólico, pues vivir es contar y la existencia
humana es una narración prolongada en el tiempo. Pier Paolo quedó en medio de
un descampado, junto a la playa, la frontera por excelencia, con el corazón
roto. Es entonces cuando sus palabras también dejaron de ser metafóricas y
exigen del lector (entiendo por lector también al espectador, al público y al
oyente) una lectura diferente, más lejos de la literatura y más cercana a la
experiencia.
Hay dos maneras de leer a Pasolini: por un lado la lectura
que se desarrolla a partir del pacto de ficción, aquella en la que el lector se
adentra en el mundo creado por el autor aceptando que las reglas que lo rigen
son diferentes a las reglas que rigen la realidad de la vida cotidiana. Esta es
la lectura más sencilla que podemos hacer de un texto de ficción, es una
lectura válida y honesta y podríamos leer así a Pier Paolo, si no fuera porque
en la noche del 2 de noviembre de 1975 un coche le partió el corazón.
La otra lectura, la más difícil, es la lectura mística. La
lectura mística consiste en admitir la obra como verdad y no como metáfora,
como una de las formas de lo divino, como experiencia transformadora del alma.
Esta lectura no admite interpretaciones, no es abierta ni poética. No admite
análisis porque no es una lectura intelectual, sino una lectura hermética, una
lectura para iniciados que transmite un conocimiento no expresable por medio de
palabras y ni siquiera comprensible. Esta lectura iguala a todos los lectores,
pues se trata más de un camino de perfección que de una experiencia cultural.
Habrá que ser valientes para abordarla, pues habrá palabras cerradas a nuestro
corazón e imágenes demasiado grandes como para integrarlas en nuestra
experiencia.
A Pasolini le asustaba la impureza de las palabras, su
pluralidad de significados, la disociación que existe hoy entre la palabra y la
realidad que nombra. ¿Es sabio, justo y necesario defender las palabras por
encima de las cosas? Para Borges la principal función de la poesía era volver a
juntar las palabras con su significado primero, hacer que volvieran a
"nombrar" en el sentido de "invocar" una realidad concreta
y evidente. Pasolini no está lejos de Borges en esto, así que sus palabras y
sus gestos (era un hombre de grandes palabras y grandes gestos) se acercan
peligrosamente a la realidad.
La realidad es incómoda, acercarse a Pasolini desde nuestro
mundo es aceptar la incomodidad y el malestar, es aceptar que lo intelectual a
veces sirve para alejarnos del mundo más que para meternos de lleno en él, y
sin la distancia de lo intelectual no queda más remedio que vivir experiencias,
con la humildad de quien quiere ser como el resto de seres humanos y no
diferente, ni más alto, ni más guapo, ni más listo en un mundo en el que --como
dijo el poeta en su última entrevista-- ya no existen seres humanos, sino sólo
máquinas que chocan las unas con las otras.
Volver a Pasolini es volver a lo sagrado, y lo sagrado es un
orden diferente del tiempo y el espacio, un orden que no se rige por los deseos
de posesión y destrucción ni por las necesidades de los mercados. Este
"sagrado" es algo público, y por lo tanto político. La religión no se
puede dar en el espacio íntimo, sino que tiene que ser necesariamente un acto
comunal, un gesto conjunto de los seres humanos, que los iguale y organice sus
vidas. Lo que ocurre es que la iglesia se apoderó de la religión y de su poder
público. Ante esto quedan dos reacciones: relegar la religiosidad al espacio
privado o utilizar espacios no eclesiásticos para que una comunidad de
creyentes vivan una experiencia espaciotemporal alejada de su devenir
cotidiano. Estos espacios son el teatro y el cine, y leer a Pasolini es también
volver a estos espacios, junto con el pueblo que los habita.
Leer a Pasolini es aceptar al ser humano, con sus
contradicciones y su belleza, es conquistar los espacios comunes en los que se
puede desarrollar lo sagrado más allá de las instituciones, es renunciar a lo
intelectual para descubrir el significado profundo y primitivo de las palabras,
es abrazar al monstruo que devora lo que creemos ser para empezar a descubrir
los que somos, por sórdida y desoladora que sea la verdad.
Artículo publicado en la revista Brixel
Wednesday, November 02, 2011
Poesía
Cuando era pequeña y mi padre tenía que escribir un poema le di un gran consejo:
--Papá, hacer un poema es muy fácil. Sólo tienes que coger un romance y quitarle la música.
--Papá, hacer un poema es muy fácil. Sólo tienes que coger un romance y quitarle la música.
Tuesday, November 01, 2011
Títulos
Una obra está terminada cuando surge su título. Los títulos son fenómenos emergentes de los textos.
Monday, October 31, 2011
El efecto Sherezade
Los lectores de novela suelen ser permanentemente
insatisfechos espectadores de cine. Cuando has leído un buen libro, uno de esos
que acompañan durante días o meses, un libro que ha dormido junto a ti en la
mesita un buen puñado de noches, siempre esperas, de forma más o menos
consciente, que hagan una película. La literatura consiste en una superposición
lineal de detalles, mientras que en una película te sumerges en tiempo real en
una escena, con todos sus matices, con todos sus detalles a la vez, así que el
lector raras veces se resiste a la tentación de ver la película que se ha
basado en sus libros favoritos. Pero luego, mientras la ve se pasa el tiempo maldiciendo
al director por haber cortado escenas, por haber cambiado diálogos, por haber
traicionado el "espíritu" del libro y termina, la mayoría de las
veces, decepcionado por lo que ha visto.
El tema de las adaptaciones literarias es un tema complejo,
la película que adapta una buena novela, una novela conocida y amada por
muchos, parte desde su inicio con una ventaja y una desventaja: la ventaja de
utilizar una narración que ha demostrado que gusta y funciona, y la desventaja
de que los lectores exigirán esa fidelidad al "espíritu" que ni
siquiera ellos son capaces de explicar y que probablemente cambie de un lector
a otro.
El cine no se ha liberado aún de su deuda con la narrativa,
y la paga religiosamente adaptando las novelas que todos esperamos que se
adapten. Sin embargo la experiencia del lector de novelas no es comparable a la
experiencia del espectador de cine. Son géneros que no se pueden equiparar,
principalmente porque el lector de novelas diluye su lectura en varios días, de
manera que el libro tiene una significación dentro de un periodo concreto de su
vida, mientras que la película concentra su significación en hora y media (dos
horas como mucho), pues impone un tiempo al espectador, lo hace salir de su
cotidianeidad como si fuera un sueño, sustituye la realidad en lugar de
acompañarla. Una película tiene más que ver con un relato que con una novela,
pues el relato y la película exigen ser recibidos de una sola vez, desde el
principio hasta el final, sin un descanso. Ni la película ni el relato se
pueden dejar a medias y volverlos a retomar unos días después.
Si hay un género cinematográfico que se pueda comparar a la
experiencia lectora de una novela es el de las series de televisión. Lo mismo
que las novelas se publicaban por entregas en los periódicos, las series se
emiten en capítulos semanales. Esa sensación de continuidad y necesaria ruptura
que no hace sino subrayar la continuidad lo podríamos llamar el "efecto
Sherezade", que es el efecto produce la sensación de algo completo y
también algo pendiente unidos. No es el "continuará" de las
telenovelas, que juegan con la trama de la intriga y el deseo de saber que
ocurrirá, sino lo que queda en la médula espinal después de cada capítulo de Perdidos, Los Soprano, Mad Men o Misfits
(o, por nombrar una adaptación literaria, Juego
de Tronos). Si alguien está buscando la huella que imprime en el carácter
una novela no debería meterse en la sala de un cine, debería buscar entre las
series, pues estas ya han logrado superar su minoría de edad y son, en
ocasiones, verdaderos productos estéticos.
El efecto Sherezade es un efecto narcótico y sedante, lo
mismo que eran los cuentos que le contaba Sherezade al Rey
Shahriar, el efecto que nos producen las historias que prometen continuar al
día siguiente, que nos prolongarán la vida un poco más, pues mientras dura la
historia la vida también dura. Los personajes se quedan suspendidos esperando
la conclusión en el limbo de lo que existe, aunque sea de la manera en que
existen dios y los unicornios. El efecto Sherezade hace que la realidad sea
habitable, porque podemos elegir en ella a nuestros compañeros de viaje. El ser
humano necesita la repetición, necesita saber que lo que hoy es cierto y está
vivo mañana seguirá siendo cierto y seguirá estando vivo, aunque se transforme.
Se necesita mucha presencia de ánimo para decir hola y adiós a alguien una
misma tarde, se necesita una gran carencia de miedo, se necesita estar
preparado para la muerte.
La película exige mucho, lo mismo que un relato. Haz la
prueba. Piensa en qué te da menos pereza, leer un relato o empezar una novela,
ver una película o dos capítulos de una serie. Aunque inviertas el mismo tiempo
en hacer ambas cosas ni el relato ni la película van a desplegar su efecto
Sherezade, el beso de buenas noches con la promesa de que la historia
continuará mañana. La novela y la serie suspenden nuestro miedo a la muerte, a
que todo se termine, a que no podamos controlar el tiempo, el cine y el relato
son espacios sagrados en los que el espectador y el lector se enfrentará al
abismo, ceden su tiempo a los personajes sin esperanzas de que estos sigan a su
lado cuando se despierte.
Artículo publicado en la revista Brixel
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